Hermanos en Gambella

Nos vamos esta vez hasta Etopía, con este relato de la colección Enseres personales  publicado en septiembre de 2008.

*         *          *

Etiopía

MI HERMANA se muere. Lo hace ante los ojos resignados de mi madre, vacíos de expresión a fuerza de enfrentarse sin escudo a la tragedia diaria, a la desesperación, el hambre y la sequía. Ella piensa que la vida es así en todas las partes. Nadie le ha dicho que, no tan lejos de donde vivimos, existe agua corriente y privilegios. Que las madres no se ven forzadas a sacrificar a sus pequeños débiles. Que los enfermos no son, necesariamente, condenados. Que la esperanza de vida es mucho más que un indicador desprovisto de esperanza. Me gusta imaginar que eso es así. Pero ella mira al infinito mientras acoge entre sus brazos al afortunado, mi hermano el elegido, que pronto pesará dos kilos y, al menos, tendrá la oportunidad de la supervivencia. La otra ha sido condenada: ella es la melliza débil, la delgada, la enfermiza y, por ende, la sacrificada. Nadie ha obligado a mamá a dejar de alimentarla; nadie ha tenido que explicarle que sus pechos difícilmente nutrirán a más de uno y así, al menos, el más fuerte tal vez sobreviva.

Mi hermana no comprende nada. Acurrucada, inmóvil sobre la esterilla, aguarda su destino cuan juguete roto de la Naturaleza, uno de esos daños colaterales de la desigualdad a los que nadie atiende. Ni siquiera su familia. No más, al menos, que algún roce furtivo, desdeñoso, por miedo a encariñarse demasiado del ser que no será muy pronto.

Ya tengo ocho años. A mi edad comenzaría a cuidar los rebaños de ovejas y cabras de nuestra familia. Pero los ladrones de ganado se los llevaron hace pocos meses. Arribaron en medio de la noche. En la defensa ante el ataque, murieron siete aldeanos, el último mi padre, y hubo trece heridos. Desde entonces hemos muerto muchos; la próxima, mi hermana. No solo se llevaron más de 3.000 reses, también destruyeron nuestras cosechas de sorgo y de maíz. Así, tuvimos que abandonar la aldea, en el distrito de Lare, y nos desplazamos a tierras pantanosas en busca de alimentos. Ahora vivo en Hyena Forest donde, al menos, estamos a salvo de bandidos. Nos queda la vida y una planta silvestre, llamada toho, con la que nos alimentamos. Dos veces al día acudo al estanque a coger agua; a veces, aprovecho para sumergir mi cara e imagino un mundo diferente. Algunos de nuestros familiares han cruzado la frontera para llegar a Sudán, quizá deberíamos seguirlos. Pero mi madre no lo tiene claro:

—De ahí vinieron los bandidos —me dice por las noches mientras nos abrazamos, con mi hermano aferrado a sus pechos pellejudos como una pulga al lomo de una perra. Intento protegeros, insiste si le insisto en lo de irnos.

Y entonces, cuando el silencio imperfecto de las noches africanas nos envuelve en el sopor calmado, relajante, que precede al sueño, extiendo mis dedos para acariciar los suyos, los de mi hermanita inmóvil. Me gusta imaginar que ella lo agradece… aunque no sea capaz de sonreírme.

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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