Tolerancia intolerante

Míchel Suñén

De un tiempo a esta parte, la tolerancia llena tantas bocas como cierra cerebros. Me disgusta lo que se está haciendo con ella, erigirla en epicentro de la relación humana con intereses espurios, enarbolándola contra el disidente, precisamente, para impedirle mostrarse de un modo distinto al socialmente fijado. Porque la tolerancia es el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias, en el transcurso de una conversación nadie debería tachar a otro de intolerante por expresar su criterio, por mucho que este no coincida con el de la mayoría.

Me da pena escribirlo. Los que se autoetiquetan de adalides de la tolerancia nos sorprenden con frecuencia con posiciones inamovibles, acartonadas, cerradas a cal y canto al diálogo, al análisis, al más puro intercambio. Se ha despersonalizado incluso la conversación, que consiste ahora en la repetición de mantras a los que se aferran todos para no ser cuestionados. El que opina diferente es considerado, de inmediato, intolerante; lo cual resulta socorrido porque hace cerrar bocas, queda chic y evita el pensamiento. Así, todo es blanco o negro, no hay gama de grises, imponiéndose por tanto un maniqueísmo institucionalizado. Cuando se aceptan los grises, discrepar es positivo; mucho más, es necesario. Cuando todo es blanco o negro, el que se posiciona enfrente es considerado un enemigo. El mayor problema es que este enfoque se está expandiendo a las conductas cotidianas de los ciudadanos, que tachan a los demás de intolerantes para justificar la intolerancia intrínseca de sus acciones. Por ejemplo esa pareja de vecinas que fuman en el rellano de su piso mientras alaban la nueva ley antitabaco, y acusan de intolerante a la vecina de al lado cuando les indica que están llenando de humo su vivienda. O el fanático que llama intolerante xenófobo al empresario que reclama a los negocios chinos pagar idénticos impuestos y cumplir las mismas normas que los nacionales. O aquellos que no permiten opiniones contrarias al aborto, voces favorables a la libre elección de la enseñanza o críticas a los intocables de las castas mediática y política.

¡Intolerante!, te espetan. Con eso, ya está dicho todo. La tolerancia es el valor supremo, la excusa perfecta para silenciarnos; cuando, en realidad, significa todo lo contrario.

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En marzo de 2011 publiqué este artículo en la Crónica del Casco Histórico de El Periódico de Aragón. Más de tres años después, continúa de absoluta actualidad.

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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