Maramadre

El Salvador

SAÚL FLORES miró hacia el horizonte con ojos entornados antes de sumergirse en ese infierno desesperanzado que era Soyapango, el suburbio más grande de El Salvador, donde se hacinan medio millón de almas, vivas o no tanto, bajo el fuego cruzado de la necesidad, la ignorancia y la miseria, sin más agua que el llanto ni más razón que la resistencia. Hombrecito —así lo llaman cariñosamente sus vecinos—, siempre duda antes de regresar. Sabe que su aspecto no es el apropiado, que corre el riesgo de ser asaltado detrás de cualquier muro, que la basura esparcida puede absorberlo como la humedad abrasadora que lo empapa. Que justo enfrente, en Las Margaritas, las pandilleros se exterminan cada día mientras los niños juegan con pistolas descargadas hasta que alguien les regala balas del calibre.

Flores respira hondo pese a la pestilencia a podredumbre e industralización que lo recibe. Se encoge en su traje de encargado y afloja en un leve tic, que lo traiciona, el nudo de corbata. Aunque tiene el mejor motivo para descender a esos callejones de desesperación donde los chiquillos lo miran boquiabiertos, las mujeres sonreirían a su paso si no fuera por miedo y los hombres están demasiado entretenidos con sus trapicheos de supervivencia para prestarle atención tan de mañana, sabe que quizá, algún día, tropezará con un antiguo amigo y encontrará en sus ojos la ausencia de emoción. Sabe que cada una de las lágrimas tatuadas en su rostro representarán una muerte a sus espaldas. Y sabe que, llegado el caso, deberá entregarle parte del salario que Madre espera en casa y negociar para salvar un porcentaje por esa antigua amistad tan olvidada, amparado en la elocuencia y los conocimientos recibidos en el colegio Padre Arrupe, fundado en 1997 por un jesuita español para ofrecer una oportunidad a los chavales sin recursos de Soyapango. Saúl tiene una inteligencia extraordinaria y se reconoce como un privilegiado, un bienaventurado por haber podido entrar en ese centro que le cambió el destino, abriéndole las puertas de la universidad y, tras ella, del trabajo bien remunerado que ahora tiene.

Saúl sabe también, no obstante, que cuando ese día llegue y se encuentre cara a cara con el pandillero enlagrimado, salvará la vida si no se tuerce todo, pero perderá la posibilidad de regresar a casa de su madre.

Porque cuando la noticia recorra Soyapango y llegue hasta Las Margaritas, delincuentes de una y otra mara acudirán como moscas a la descomposición para obtener su parte.

Ese día tendrá que sacar a su mamá de la chabolita en que nació y llevársela a una casa respetable.

Solo le pide a Dios que le dé un poco de tiempo para poder pagarla.

*         *          *

Recupero este relato publicado en la colección Enseres personales en agosto de 2008, ambientado en El Salvador.

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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