Hambre de control

Fine art portrait of elegant girl. Studio photo. Beautiful woman

Ahí estaba ella, hermética y rendida.

Permaneció mirándola algunos minutos, calculando el esfuerzo necesario para abrirla, volcar el contenido y comenzar la ingesta. Una taza de café acompañaba aquella soledad premeditada. Sus frágiles dedos desprecintaron con dificultad la bolsa, mostrando una industrial treintena de patatas. Crujientes, onduladas y sabrosas. Tomó la más pequeña y la llevó lentamente hasta la boca. Lamió la sal despacio, mordiendo desde el borde con dientes de gusano. Su lengua acartonada recorrió la superficie surco a surco, gustando cada especia con una devoción incontestable. Después bufó cansina. Entretuvo la espera acariciando la taza de café con la mirada perdida en el vacío. Quien come despacio se sacia mucho antes, razonaba mientras sus ojos recorrían una y otra vez las marcas de luz en la persiana. Por fin se decidió a coger otra patata. Repitió el mismo protocolo cerca de una hora, y le sobraron patatas. Al terminar se incorporó orgullosa: estaba claro que no era una glotona. Se preguntó qué se permitiría ingerir para la cena. Tal vez un kiwi. O un puñado de anacardos.

Marchó a la habitación en busca de consuelo. Se desnudó con ansiedad y empezó a contarse las costillas delante del espejo. Examinó sus pechos colgantes, los pezones oscuros y arrugados como el alma; la piel centrípeta adherida al esqueleto, los pómulos tajantes, los brazos caídos a los lados. No está mal, se conformó al principio.

Pero el alivio cesó pronto.

El timbre de la puerta rompió el silencio que la confortaba. Corrió desesperada hacia el pasillo y constató que la cadena de seguridad estaba echada.

­–Soy yo, cariño, abre la puerta. Por favor, quiero ayudarte.

Ella no quería ayuda. No era capaz de enfrentarse a los problemas, pero tenía el control sobre su dieta: cada kilo que perdía era un gramo ganado en autoestima.

­–Ábreme, cariño –pidió inútilmente aquella voz, menos familiar y más molesta conforme la oía.

Respiró de nuevo cuando el ascensor gritó la rendición de su visita.

Volvió frente al espejo y vio su cuerpo, el reflejo más exacto de cómo se sentía. Continuó en la misma posición unos minutos, impávida ante el mundo, hasta que empezó a notar que las patatas poblaban su organismo. Y entonces se dio asco. Basculó perdida de uno a otro lado, odiándose de nuevo, tratando de encontrar alguna solución a la tragedia.

«He de quemarlas», se martilleó antes de tumbar su liviandad sobre el terrazo y ejecutar una serie interminable de flexiones.

Finalizado el ejercicio, se asomó extenuada a aquel espejo amigo. Así estaba mejor: la grasa había desaparecido de sus muslos, ella ejercía un control total sobre su cuerpo.

Se echó en la cama, agradeciendo ese sopor perpetuo que el cansancio y la malnutrición le producían. Cerró los ojos mansamente, aferrada a la ilusión de haber vencido otra batalla, y se quedó dormida mucho tiempo.

Hasta que, de nuevo, llamaron a su puerta.

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[Escribí este relato en abril de 2006, con motivo de un evento literario realizado en Ámbito Cultural de El Corte Inglés sobre la aneroxia. Un tema, por otra parte, que volví a abordar con posterioridad en mi novela Látex]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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