Sombras en la nieve

EnseresAndorra

SIEMPRE fui un rebelde sin demasiada causa. Sentía que mi entorno era pequeño, quizá por eso a los catorce años ya bordeaba los límites de la legalidad y la paciencia, en especial la de mi madre, que nunca terminó de acostumbrarse a mis ausencias físicas, menos todavía a las emocionales.

Bien pronto flirteé con el delito: queriendo convertirme en ladrón de guante blanco, me inicié como ratero de dedos largos, oportunos y veloces, tanto o más como mis piernas, capaces de alcanzar velocidades de snowboard por la Avinguda del Princep Benlloch cuando alguno de los encargados me sorprendía in fraganti con un frasco de perfume francés, un botella de whisky o una cajita de bombones volando hacia el bolsillo. En la adolescencia, Andorra dejó de parecerme suficiente. Fue tanto por las dimensiones como por la reiteración, las cuales me convirtieron en un rostro más que conocido en los distintos escenarios comerciales y, lo peor, para los habitualmente tranquilos agentes andorranos.

Se trató de una consecuencia lógica: abandoné mi país, mi casa, mi familia. Mi cordura. Emigré con un colega en busca del futuro. Nos arrojamos al océano del porvenir tratando de encontrar un horizonte más extenso, menos plano y agrisado. Nuestra patera fue un Volkswagen Golf de segunda mano, con abollados desconchones en la carrocería y neumáticos con más parches que una tripulación de piratas. Pero, con bólido o sin él, la ola del desastre me devolvió al origen.

Llenamos el maletero con todas nuestras cosas: tabaco, alcohol, cosméticos, preservativos, chocolates para saborear y para colocarnos… También un par de mudas. Menos mal que el aduanero era otro amigo: su vista fue más gorda que la del Dioni al derrochar en vicios y rameras brasileñas tantos millones robados. Trapicheamos con el género en España y, quizás por la nostalgia de la nieve, empezamos a metérnosla, de otra clase, en las narices. Hasta que una madrugada mi amigo estrelló el coche contra una marquesina y se llevó con él, bajo la nieve mortal, a una futura abogada. Al contemplar aquel alud de hierros, cristales, embellecedores y cuerpos desmembrados que precedió al silencio, tras ser interrogado por la policía en calidad de testigo –solo el azar y vacilarle a una rubia habían evitado que subiera con mi colega al coche accidentado– comprendí que el mundo me quedaba grande. Que yo era muy pequeño. Que estaba equivocado. Cuando mis padres vinieron a buscarme a la comisaría, volví a mi hermoso país con la mirada ausente y la emoción dormida. Me despertaron sus pistas de nieve natural, sus aguas termales con esencia de pomelo, las largas avenidas y el permanente frenesí de las tarjetas de crédito. Ahora… enseño a esquiar a los turistas.

Quizá no soy feliz, pero al menos estoy vivo. Y, desde luego, prefiero el frío externo de esta nieve montañosa al fuego interno de la que mató a mi amigo.

*         *          *

Relato de la colección Enseres Personales, publicado por El Atrapamundos, en julio de 2008. 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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