La dedicatoria

stress

El padre de familia acude cabizbajo a la presentación del libro. El escritor, un cincuentón de personalidad envolvente, expone entusiasmado sus principios para convivir felizmente en pareja. Oyéndolo, parece incluso fácil. Hundido en sus preocupaciones más que en la butaca, el hombre reconoce en sus palabras muchos de los miedos y reproches de su esposa. Han vuelto a tenerla. Y está fatal porque sigue enamorado de ella, pese a las broncas y los celos infundados.

—Anima a tu pareja a hacer más cosas juntos. Sorpréndela a menudo. Y, sobre todo, escúchala como al principio: abriendo el corazón.

La sala ovaciona ese final. El padre de familia asiente al tiempo que golpea su palma izquierda contra la derecha con ímpetu frenético. Decide aguardar cola. A su mujer le enfadará el retraso, pero quiere llevarle el libro dedicado y leerlo juntos esa misma noche.

—Para Elena y Damián, por favor.

El autor asiente con cálida sonrisa, garabatea una dedicatoria recurrente pensando en Andrea, su querida (también es humano y tiene sus flaquezas), y se confunde al escribir el nombre femenino.

—Gracias por venir. Está claro que amas a tu esposa. Enhorabuena.

Damián recoge el ejemplar agradecido, estrecha su mano y siente una emoción satisfactoria. Guarda el libro en una bolsa, compra a toda prisa un papel bonito con el que envolverlo y sale atribulado hacia su casa. Es muy tarde, probablemente Elena esté enfadada.

—¡¿Qué horas son estas?! —grita al recibirlo, estresada por otra tarde interminable de niños imposibles y plancha rutinaria—. ¿De dónde vienes?, ¿con quién has estado?

Damián oculta el libro porque aspira a dárselo después, cuando los niños duerman y haya podido envolverlo. Así que farfulla una mentira innecesaria que no consigue hacerse hueco entre sus chillos. Y entonces ella lo descubre: coge el libro, se calma al ver el nombre del autor que tanto admira y lee la dedicatoria ilusionada.

Damián se tranquiliza justo antes de que el libro impacte brutalmente contra su cabeza.

—Cabrón, ¿quién es Andrea? ¡Es esa zorra!, ¡esa maldita zorra!

Da un portazo y se encierra a llorar en el lavabo. Los niños salen alarmados, el pobre Damián se tambalea, lee la dedicatoria y descubre el nombre de mujer equivocado. Se caga en los muertos del autor, mete el libro en la basura y enciende la televisión a ver si ponen fútbol.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Septiembre 2006]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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