Deportivas blancas

 

EEUU

A NANCY se le pegan las sábanas todas las mañanas. Da igual si la noche anterior se quedó dormida viendo The Oprah Winfrey Show o tras hacer el amor con Michael Bryan, su última conquista. La guapa neoyorquina solo empieza a sentirse una persona tras devorar dos roscos con agujero y abrasarse la garganta con café en el Dunkin’ Donuts de la 48 New St.

A continuación, con los primeros síntomas de la agradable pesadez que invadirá su estómago durante el resto del día, entra en los aseos con su kit portátil de belleza urgente para retocarse el cabello, desarreglado y crespo hasta ese instante, maquillarse las ojeras y el color blancuzco en sus mejillas, pintarse la sonrisa de carmín de moda, ponerse con mimo los pendientes, atusarse de nuevo la melena y regresar seductoramente hasta su mesa, donde apura con afán el último trago de la falsa taza de café, mucho más templada, antes de vaciar la bandeja de residuos y depositarla en el apilador correspondiente. Por último, rutinariamente acostumbrada a hacerlo de ese modo pese a la incomodidad, abre la bolsa de papel que trae de casa, saca los zapatos negros de tacón, se desprende a pisotones certeros de sus deportivas y se calza el complemento que, junto a encender el móvil, la convierte en broker. Y así guarda las Nike en la bolsita, de donde las sacará diez horas después para desandar lo andado, perderse en el subsuelo metropolitano y regresar a casa cansada, estresada, vapuleada por las Bolsas y los inversores de todos los países, con el único consuelo de haber puesto fin, al menos, a la doliente presión pedia, la congestión metatarsiana y el forzado taconeo. Con su traje de chaqueta carísimo y perfecto, las medias oscuras contrastando con las deportivas blancas, se perderá en el metro, cabizbaja, antes de cruzar Lafayette Street y vagar entre los rascacielos como una neoyorquina más.

Tal vez despierte la curiosidad de algún turista, pero es seguro que ningún conciudadano le prestará atención, acostumbrados como están a ese aspecto común a tantas otras.

Nancy engullirá por el camino un hot dog XXL para no tener que cocinar a su llegada. Habrá desconectado el móvil y, según como haya ido el índice Down Jones en Wall Street, llamará al timbre de Bryan para solazarse u optará por un baño caliente y otra sobredosis de televisión insustancial.

Nuestra amiga adora el sueño americano.

*         *          *

Un nuevo relato de la colección Enseres personales, esta vez centrado en algunas de las peculiaridades de los Estados Unidos de América.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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