El muerto en la piscina

nageur

Cada tarde, el cadáver flotaba sobre la piscina. Cisco acudía a ella con el bañador de siempre, y saludaba a todos con la simpatía natural que se le multiplicaba en los alrededores del bar, donde se atrincheraba detrás de buenos tragos de cerveza fría e intrascendentes conversaciones de carcajada limpia. Allí era el más popular, el más buscado; sin embargo, todo era distinto aquel verano. Cisco era ahora un hombre solo. Y eso que sus hijos corrían a abrazarlo en cuanto lo veían; sobre todo el más pequeño, un rubito encantador que solo se separaba de él si lo dejaba en el bar acompañado. «A las tías hay que pinchárselas en el invierno, cuando van tapadas y te entran por los ojos. En el verano se notan demasiado sus imperfecciones», aseguraba justo antes de repartir un nuevo litro entre los vasos medio llenos, apurar el suyo y levantarse a pedir otro y un plato de almendras. Desde luego, era un hombre divertido; un peter pan barbudo que, pese a sus continuas ocurrencias, lo había perdido todo: su casa, su familia, el coche, las rutinas… Desde que su mujer le dijo «ya no te soporto» y le mostró definitivamente la puerta de salida, se alimentaba de gazpacho, ensaladilla rusa y aperitivos de barra, recorría la ciudad en bicicleta y trabajaba por la mitad de su sueldo. Había recuperado, eso sí, la libertad para salir de marcha y ligar con cuarentonas, lo cual hacía con naturalidad, facilidad y desparpajo, no en vano se conservaba bien: era un tío guapo, carismático y simpático. Si bien esos encuentros sexuales le sabían todavía a maquillaje.

Aunque ignoraba cómo deshacerse del cadáver que flotaba en la piscina, Cisco deseaba volver a ser el de antes: llegar a casa tarde y escuchar de nuevo las advertencias de su esposa. Desencantado, quizás, pero arraigado. Con sus hijos, su piso, su automóvil y sus inmadureces de siempre. Para colmo, a su exmujer el verano le sentaba francamente bien: lucía en bikini como pocas… y había encontrado un sustituto mucho más pudiente, y más sensato, a su persona. Por eso el cadáver de Cisco flotaba inerte cada día en la piscina: porque aunque jugaba con sus hijos y ahogaba entre amigos cerveceros su abandono, anhelaba esa vida que el invierno le había arrebatado.

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[Relato escrito y publicado para Heraldo de Aragón. Julio 2012]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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