Omar el egipcio

 

Caravan in Sahara desert

OMAR se considera un descendiente directo de Ramsés, admira a Cleopatra y defiende la amputación de extremidades para castigar los hurtos. Recita pasajes de El Corán con vehemencia, aunque a menudo intercambia preceptos sin malicia, por despiste más que por desgana. Habla tres idiomas y entiende otros dos. Le encantan los atardeceres naranjas sobre el Nilo, los kebab y las paradas de Casillas. Es cairota, va camino de los treinta y su sueldo resulta equidistante entre la media occidental y la de sus compatriotas.Es agraciado, simpático, dicharachero y educado, un tipo enrollado que encandila a las turistas españolas con su apostura y su labia mientras descifra jeroglíficos en el Templo de Luxor o relata historias imposibles sobre Min-Amón, dios de la sexualidad que perdió el brazo y la pierna por sus permanentes extravíos lujuriosos. Como él, Omar es un cachondo; sobre todo en la cubierta del crucero, atravesando el poderoso Nilo, cuando afirma ante los hombres extranjeros, con una pícara sonrisa dibujándose bajo la aguileña nariz cien por cien egipcia:

—Vamos a bañarnos, a ver si podemos tocar alguna teta en la piscina.

Disfruta trabajando. Mezclándose con los turistas, mostrándoles el alma, a veces también las vísceras, de ese país africano al que ama más allá de los papiros, las pirámides, los desiertos y la Ciudad de los Muertos. Por eso se recrea al relatar las glorias faraónicas. Por eso acoge con orgullo las propinas, los tributos, los halagos. Por eso mismo se enzarza en discusiones ácidas, improductivas, sobre el imperialismo yanqui, el sionismo y las inmolaciones mientras bebe whisky-cola, fuma marlboros y ambiciona las deportivas de su contertulio forastero.

Por eso, o por todo lo contrario, cuando el autobús de sus turistas se detiene frente a la Gran Esfinge de Giza, conduce disimuladamente al grupo hacia el lugar en donde está su padre, curtido por el sol y la aridez del desierto, para que él también contacte con la civilización occidental y pueda ganarse unas monedas.

Y es que, pese a los relojes engastados de marcas prohibitivas, los suéteres de diseño y las carteras de piel tan abultadas, medio en broma medio en serio, siempre acaba alguno cabalgando sobre el burro famélico de la familia, y su progenitor disfruta espoleando al animal con una vara larga mientras el intrépido jinete apenas consigue mantener el equilibrio, la dignidad y el sombrero entre las lomas de arena, jaleado por sus compañeros, que cada vez quedan más lejos. Cuando el rucio para, jadeante, el propietario solicita un propina y el turista finge habérselo pasado bien para justificar el pago.

—Ronaldinho. Amigo. Coca Cola –se despide el nativo en la distancia, mientras los turistas intercambian chanzas, comentarios y sonrisas sobre lo ocurrido.

Omar, más retrasado, se vuelve hacia su padre para lanzarle un guiño.

 *         *          *

Un relato realizado para El Atrapamundos en abril de 2008.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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