La libertad en juego

Hoy voy a adentrarme en una selva complicada, sin machete ni porteadores, con el único respaldo del sentido común y la imparcialidad que procuro aplicar siempre cuando reflexiono.

No es chic, ni moderno, ni progresista ni siquiera prudente hablar en nuestros días de diferenciación sexual. Y me temo, incluso, que cada vez lo es menos hablar de diferenciación individual. Y eso que todos somos únicos, originales y genuinos, oye. Existe una pátina social que alienta hacia la unificación masiva, la indiscriminación y el bocata de chóped para todos.

Pero hoy voy a opinar sobre este tema en el que, al menos, todos tenemos derecho al análisis por encima de los mantras, los eslóganes y los intereses torticeros. La noticia, aparecida en los medios el pasado mes de enero, me dejó patidifuso: el gobierno vasco pretende prohibir el fútbol en los colegios por considerarlo una actividad sexista. Consideran los mandamases de turno que jugar al balón en el patio es perjudicial para la igualdad entre los sexos. Y van a aplicar esta medida a cincuenta colegios de su comunidad, que recibirán formación, material y palmaditas en la espalda por su apertura de miras y su apuesta decidida por la igualdad entre los sexos.

Vaya por Dios. Lo siento por los pobres niños y niñas a los que les ha tocado la pedrea de tamaña estupidez. Porque en nuestros días ellos y ellas comparten este juego con normalidad, incluso algunas niñas —por supuesto, solo las que quieren— compiten con los niños en los mismos equipos y competiciones oficiales. A los mismos fulanos y fulanas a los que se le llena la boca hablando de igualdad, libertades y derechos sociales no les tiembla el pulso a la hora de prohibir y limitar la máxima libertad de los menores: la de jugar, simple y llanamente, a lo que ellos quieran. Quizá sea educativo aplicar en horarios de clase, como se hace en los colegios de Aragón, los rincones de juego en las aulas de infantil, obligando a los niños y a las niñas a jugar a cocinitas o a coches, por ejemplo, quieran o no quieran. Tengo dudas al respecto, pero no los datos necesarios para cuestionarlo. Pero lo que me parece una injerencia intolerable de las instituciones es decidir a qué deben jugar nuestros hijos durante su tiempo de descanso. Faltaría más. Y hacerlo en nombre de la igualdad y la libertad es una infamia.

Como padre de un niño y de dos niñas, y observador general de la existencia, sé que, nos guste más o menos y al margen de las individualidades, los muchachos son en general mucho más físicos y movidos que las niñas. A ellas les encanta retirarse a un rinconcito del patio y montar tertulias divertidas sobre lo que les apetece. Algunos chicos se suman a estas charlas —porque quieren—, pero es más habitual verlos correr tras un balón o subiéndose a las vallas. Ahora tendrán que jugar de otra manera para no ser etiquetados, desde chiquitillos, de sexistas.

¿Y qué pasa con la importancia formativa del deporte? ¿Tampoco podrán hacer patinaje artístico o gimnasia rítmica las niñas en su escuela, para no traumatizar a los varones? ¿O se aplicará la recurrente discriminación positiva? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que alguno de estos comités de cerebritos políticos consideren también intolerables la comba —por sexista—, las chapas —por incitar al juego y las apuestas— o el polis y cacos — por incuestionablemente clasista—? Es muy peligroso adentrarse en este fango, salvo que se pretenda adoctrinar y embotar a nuestros niños en una dirección ideológica concreta, algo que resulta tentador para los mandamases. Posiblemente, después intentarán decidir qué libros pueden leer, qué películas deben ver y qué conversaciones han de escuchar nuestros pequeños.

Menos mal que los chiquillos son rebeldes y, con su imaginación, terminarán jugando a lo que les dé la gana, aun a riesgo de castigos.

Y siempre les quedará el ¡churro va!, con el que los niños y las niñas pueden hacer el cafre en igualdad de condiciones, sin discriminación sexual alguna.

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Artículo publicado en la revista La Oca Loca.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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