Granizado de limón

lemons

 

Cae la noche en una Zaragoza apabullada por los sofocos de agosto. Los veladores incitan al paréntesis, las terrazas a la conversación, la débil luna invita al sentimiento. El joven del cabello negro observa el granizado con ojos resfriados, confuso desde que recibió la inesperada noticia, sumergido en una soledad conciliadora pese a las pandillas bulliciosas de noctívagos amantes de la fiesta. Quizá debería emborracharme, musita sin más interlocutor que el cerco de agua dejado por su vaso.

La muchacha lleva contemplándolo medio granizado. Descerraja al fin los grilletes de la timidez y camina con torpeza entre las mesas; el joven no advierte el estrépito, sopla indiferente su pajita concentrado en las burbujas amarillas que brotan y desaparecen sobre el líquido, igual que los amores en su vida. La chica llega a su costado. Admira su mandíbula cuadrada, los fuertes brazos, los dedos robustos pero delicados que sostienen el tubo de cristal y juguetean con la caña de colores.

Perdona, repite hasta tres veces sin que él la escuche. Es entonces cuando una leve brisa veraniega le devuelve la consciencia y ve a la joven: menuda, desarreglada, atractiva. Adivina en su estrabismo un corazón grande y, en sus pestañas largas y ascendentes, las ansias de pasión correspondida.

Sonríe, seductor, y ella se derrite como el granizado, nerviosa, sintiéndose minúscula mientras el otro la examina con descaro: los pechos grandes que la acomplejaban cuando niña silueteados ahora por la camiseta sucia, la pálida e insinuante piel de la cintura, el inexplorado mundo debajo del ombligo.

Él aparta la bebida ilusionado. No es tan malo haber roto con Eva, concluye mientras la recién llegada reacciona. ¿Cómo te llamas?, va a preguntarle cuando la muchacha se adelanta, cuenta en mano, y le dice que ya es tarde, que es su primer día de trabajo y tiene que cerrar para hacer caja.

¿Tienes novio?, le espeta pese a todo tendiéndole el dinero. La camarera se sonroja, duda con los cambios, dibuja una mueca indefinible y se refugia a toda prisa tras la registradora.

Mañana te veo: nadie pone granizados como tú, se despide satisfecho el del cabello negro. Y en el último momento, cambia de opinión y enfila la calle que lleva a un pub cercano.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Julio 2006]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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