La motoconcha

 

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GLADIS había decorado su camastro con un recorte fotográfico de Dani Pedrosa. Para los demás, era una dominicana extraña; una comesola que desaprovechaba su atractivo físico en un trabajo de hombres y a la que ni siquiera se le conocía otra pareja que no fuera su moto. Porque Gladis tenía una motocicleta, vieja como el malecón de Puerto Plata, con la que recorría las calles de su ciudad en busca de clientes. Rubios, nativos e incluso grupos de dos o tres viajeros se apretujaban sobre el desvencijado asiento del vehículo, y ella los transportaba por un precio cerrado, manteniendo el difícil equilibrio sobre el piso irregular de piedras y arenilla.

De niña no jugaba con los abalorios, los vestidos y las sandalias de tacón de su mamá; prefería ir a la calle y ver pasar las motos, admirando sus giros y adelantamientos imposibles entre los mamotétricos coches. Soñó tanto y tan fuerte que consiguió hacer realidad aquel deseo. Trabajó a destajo en el centro comercial hasta reunir lo suficiente. Compró una vespino roja del 98, desconchada, y se lanzó a la calle para sentir la brisa caribeña sobre el cutis libre, el cabello negro recogido en una trenza que no molestara a los clientes, las manos firmes sobre el manillar, la cabeza sensualmente inclinada hacia delante. Sin licencia, como casi todos, fue al principio centro de chanzas, bullas y piropos. Frenó manos lascivas buscándole los glúteos, soportó alientos pegajosos, cuerpos más roceros de lo necesario y algún que otro compatriota hijodeputa chuleándole el trayecto. Perseveró sobre el sillín como una campeona, porque ése era su sueño.

Los otros motoconchos pronto dejaron de halagarla. Los turistas preferían a la tía buena —ellos también lo hubieran hecho— y, aunque los lugareños mostraban más reparos en solicitar los servicios de una conductora que en imaginarla desnuda sobre su entrepierna, la envidia se extendió como las propinas de los telefunken a las cueros; algo a lo que también contribuyeron sus desaires ante las proposiciones lascivas de sus compañeros. Después del vacío y los insultos, encontró la rueda delantera de su moto destrozada. Tal vez a martillazos, muchos menos de los que ella hubiera propinado a los culpables de haberlos sorprendido. Lloró frente al malecón por los ahorros perdidos, pero volvió a estar en circulación días más tarde.

A la tercera mañana desde su regreso, sin embargo, un par de guachimanes a los que había conocido en cierta discoteca le pidieron los papeles. «Si tú quieres, mi amol, esta sanción te saldrá bien sabrosa. Gózala conmigo esta noche, y te conseguiré licencia», le dijo uno de los polis con labios de serpiente. 

Ese amanecer, mientras el sol intentaba abandonar el horizonte caribeño, Gladis arrojó al mar, en pedacitos, la foto de Pedrosa.

                                                         *         *          *

Una historia sobre las dificultades de la mujer en la sociedad dominicana. Escrito en julio de 2007 para la colección Enseres Personales de El Atrapamundos.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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