Escrito con sangre

The beggerLa noche ha expirado para el escritor vacío. La sangre empapa las cuartillas de una historia lúcida, vital y desbordante. La densa cabellera del autor reposa desaliñada sobre un charco bermejo; dócil por fin, durmiente entre las letras. Una madeja castaña se mezcla sugerente con el desenlace, allí donde el protagonista escapa malherido y el criminal emprende la persecución cuchillo en mano. El trazo de la pluma dibuja en ese punto una carretera extraña y serpentea hasta desaparecer fundida con el horizonte, dos inexistentes renglones más abajo. Sobre la media página inconclusa, los rasgos agitados del anverso se transparentan como señales rojas de peligro, advertencias de muerte que el creador yaciente no interpretó a tiempo.

La tenue luz del flexo incide sobre la mano nervuda al tiempo que los claroscuros del despacho destacan la languidez vencida de sus dedos. Sobrecoge la expresión de asombro del difunto, cuyos ojos, antes profundos y soñadores, permanecen fijos para siempre en el relato, como en una disección macabra de las musas. El escritor exhibe, pese a todo, un póstumo homenaje literario: el praxiteliano escorzo del cadáver enfatiza el romanticismo de la escena. Frente a la cabeza caída continúan alineados dos bloques de folios: el de la izquierda contiene la historia inacabada, garabateada durante tres días de vena creativa, obsesiva, alucinada; el de la derecha permanece virgen: inocente en apariencia, es también cómplice, pues fue ese blanco insoportable el que impulsó al autor a emplear su sangre en darle vida.

Jamás publicó nada. La última valoración del último editor resultó premonitoria: «Aquí hay talento, pero falta aliento. Ábrete en canal, vuelca tu sangre en cada línea. Escribe con más nervio, desde dentro, tú puedes hacerlo. Tienes talento.»

Cuando llegó a casa, el escritor guardó su manuscrito fracasado en el cajón de siempre, el del olvido, junto a tantos otros. Tenía que escribir algo distinto. Después de haber pasado media vida llenando papeleras de insípidos esbozos, sintió el pálpito creador definitivo. Buscó una pluma antigua, abrió en canal su brazo izquierdo y usó como tintero la hemorragia.

Un editor, quizás el mismo que antes había rechazado sus trabajos, leyó el suceso en los diarios y quiso publicar la historia inacabada. Un redactor con oficio completó el final, cambió la trama, maquilló el estilo e hizo del libro un éxito de ventas.

El escritor, empero, jamás publicó nada.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Junio 2006]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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