Réquiem por París

Recupero este relato de mayo de 2007, que escribí para la colección Enseres personales. Una historia intensa y sensitiva en ese París maravilloso y rompecorazones…

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MURIÓ París con ella. Los pintores de Montmartre cambiaron los pinceles por crespones negros, las acuarelas por el aguardiente y la inspiración por apatía. Pigalle guardó luto una noche, nadie más confundió las aspas del Molino Rojo con gigantes ni habitaron Nôtre-Dame nuevos jorobados con sus musas. Ya nunca regresé a la Torre Eiffel: el vértigo de la soledad me lo ha impedido, la falta de su vértigo –«no te acerques tanto, o a mí me va a dar algo»– y esos palmeros de Ricard que ahora consumo antes y después de las comidas. Ella me invitó a su cama y yo quise instalarme en su buhardilla de por vida. «Siempre es nunca y nunca es siempre», creí que me animaba. Y atrás lo dejé todo: los proyectos, la familia, la hipoteca.

 La historia comenzó con un retrato a carboncillo. Yo elegí su taburete y ella dibujó sin cortapisas la gran caricatura de mi biografía: las bolsas ocres de mis ojos mustios, carentes de hálito o estima; la sonrisa aprendida; esa nariz erguida hacia la nada, como intentando percibir a qué demonios huelen los colores. Enloqueció conmigo mientras sus dedos, manchados de arco iris, acariciaban en papel los trazos de mi pelo. Pero enloqueció de modo artista: intensa y fútilmente. Recogió los bártulos, el caballete, tomó mi mano fría y recorrimos una a una las perspectivas blancas e improbables de su barrio. Me enseñó el Sagrado Corazón bajo la bruma, los sabores de un bistrot labio con labio, la luna reflejada en  la piel plata del Sena. Hicimos el amor en el alféizar, detrás de la colina. Cuando el guía y mis amigos regresaron a sus vidas españolas, yo me quedé en la suya. Abdiqué de mi futuro e improvisé un destino con telas de satén y velas encendidas. Me acostumbré al francés, al griego y al olvido. Entonces la fui viendo partir cada mañana, con sus tonos y sus sombras diluidos. Ella continuó haciendo retratos, ésa era su esencia; yo contemplaba el mío acartonado, devuelto en blanco y negro por todos los espejos. París agonizó herido de rutina. Me refugié en el Metro, el alcohol y los silencios; ella vació la paleta de sus besos en otro lienzo nuevo. La noche que murió París dormí en Les Halles aterido, detrás del Pompidou, acurrucado sobre un banco inexpresivo, mirando sin sentir ese edificio de tubos, escaleras e intestinos. El arte estaba dentro. Y yo me quedé afuera.

Elegí por pundonor ser enterrado con mi amada. Sigo en París. Transito por sus calles con aire de indolencia; apenas hablo salvo con desconocidos y dejo que la bruma me indique los destinos. Las duermevelas en París siempre son húmedas; el sueño es seco. Tengo un trabajo estable en Eurodisney: recojo la basura de Fantasiland desde hace nueve meses. Si todo sigue así, y no pierdo la razón con tanta odiosa musiquilla, quizás un día de éstos me envíen a taquillas.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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