La ofrenda de Nasreem

Ya os dije que iba a emplear mi blog para recuperar algunos de los relatos y colaboraciones que he escrito y que, posiblemente, muchos de vosotros no conozcáis. Es el caso de este relato creado en abril de 2007, desde Zúmmum, para El Atrapamundos. Pertenece a la colección Enseres personales y, en este caso, se desarrolla en la India. La fortografía es obra de Arturo Castán.

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Niña-coletasEnseres

NASREEM está agotada. Tras dos horas de espera, sus profundos ojos negros no saben qué mirar. La jaula de alambre que rodea el muro es claustrofóbica, hace calor y huele a muchedumbre. Está cansada y tiene hambre, pero no se mueve. Mamá, que está preciosa con el sari rojo de las celebraciones, asegura que en el templo les darán lentejas, arroz y patatas. Las últimas palabras del abuelo la atormentan una y otra vez: «Los ojos del Señor Venkateswara están tapados, porque su mirada devastaría el mundo». Todavía está intranquila, pese a la inmediata respuesta de su madre: «El ídolo tiene tantas flores que no se ven sus pies. Y te concederá el deseo que le pidas». Después llegó papá con el remolque y emprendieron el viaje. Los bueyes resistieron sin problemas hasta Tirupati; la niña hindú se quedó dormida mucho antes, pese al permanente traqueteo.

Al ver el templo, Nasreem dejó escapar un gritito de sorpresa, pero lo que de verdad la cautivó fue ver tanto pelado junto. Mares de calvas de uno y otro sexo se mezclaban a gran velocidad con espesas matas de cabello oscuro. Pensó que la divinidad había hecho dos bandos en aquel lugar. Su ánimo pasó de la incredulidad a la sonrisa antes de llegar a la inquietud. El abrazo de mamá, el reconfortante contacto de sus manos rugosas, la animó a hacer la pregunta:

—¿Por qué hay tantos calvos?

—La tonsura simboliza ofrecimiento y postración a la divinidad. Han entregado su cabello a Venkateswara y vuelven a sus casas. Nosotros también vamos a hacerlo. La pureza y calidad de tu cabello será muy del agrado de los dioses.

Horas después, durante la comida, uno de los veinticinco mil visitantes diarios de Balaji afirmó que los empleados del templo recogían los mechones y los vendían para hacer pelucas. Sus padres lo miraron con recelo, Nasreem no se atrevió a preguntar.

La chica dejó en el templo su posesión más preciada. Mientras participaba con sus progenitores en los baños rituales y hacía otra cola de seis horas para venerar al ídolo, sus cabellos fueron vendidos al mejor postor, quien abasteció de postizos y extensiones a todos los mercados.

Durante el viaje de vuelta, Nasreem se acostumbró al nuevo aspecto de sus padres. Sus calvas resplandecían bajo el sol igual que luminarias divinas, así que se entretuvo jugando a formar brillos. Poco antes de llegar se acarició otra vez la calva, disfrutó el divertido cosquilleo y se preguntó quién podía ser tan desgraciado para necesitar una peluca hecha con su pelo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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